Cómo la escucha deja de ser un gesto contemplativo para convertirse en un método —científico, político y más-que-humano— de habitar un mundo que se calla.
Buena parte de la biodiversidad que estamos perdiendo la perdemos primero como sonido. Un bosque no se apaga de golpe; se va quedando en silencio. Desaparecen frecuencias, se ralentizan los coros del amanecer, se abren huecos en un tejido acústico que antes estaba lleno. Escuchar, en este contexto, no es un lujo estético: es una forma de auscultar la salud de un ecosistema antes de que el daño se vuelva irreversible. Y es aquí, en ese cruce entre el oído, el dato y la política, donde queremos situar el próximo tramo de nuestro trabajo con el sonido.
Durante los últimos años, en hybridart hemos entendido el paseo sonoro como una práctica de atención: caminar despacio, dejar que el entorno se vuelva audible, reeducar el oído para percibir lo que la vida urbana nos enseña a ignorar. Ese gesto sigue siendo fundamental. Pero 2026 nos ofrece una oportunidad para extenderlo hacia territorios que hasta ahora rozábamos apenas: la ciencia de datos ambientales, la ecoacústica como disciplina y una pregunta incómoda y necesaria sobre quién escucha, desde dónde y con qué autoridad. En otras palabras: llevar el paseo sonoro desde la contemplación hacia el método, y desde el método hacia la ética.
Del paseo al índice: la ecoacústica como ciencia
La ecoacústica —o ecología del paisaje sonoro— parte de una intuición que cualquiera que haya hecho un paseo sonoro reconoce de inmediato: un entorno vivo suena, y la estructura de ese sonido dice algo sobre la vida que lo produce. Lo que la ecoacústica añade es el rigor de convertir esa intuición en medida. Mediante grabaciones de larga duración —el llamado monitoreo acústico pasivo, con micrófonos e hidrófonos que registran meses enteros sin intervención humana— los investigadores acumulan volúmenes enormes de audio y los analizan con índices acústicos: estadísticas que resumen cómo se distribuye la energía sonora en el tiempo y la frecuencia.
Los nombres son técnicos pero la idea es elegante. El Acoustic Complexity Index (ACI) parte de la hipótesis de que cuanto más compleja y variada es una señal, mayor es el número de especies que vocalizan en esa comunidad; el canto de un ave modula constantemente su intensidad, mientras que un motor o el zumbido de una infraestructura tienden a la monotonía. El Bioacoustic Index, la entropía acústica (H) o el NDSI (que contrapone los sonidos biológicos a los de origen humano o geofísico) intentan, cada uno a su manera, traducir un paisaje sonoro en un número comparable (guía metodológica de Bradfer‑Lawrence et al., 2023). La promesa es enorme: monitorizar la biodiversidad de forma continua, no invasiva y relativamente barata, allí donde el censo tradicional —salir al campo a contar especies— resulta caro, lento y limitado.
Conviene, eso sí, no idealizar la herramienta. La literatura científica reciente es prudente: los índices acústicos funcionan como proxies —aproximaciones— de la biodiversidad, no como su medida directa. Un metaanálisis tras otro muestra que su correlación con la riqueza real de especies es variable, sensible al contexto, y que en entornos urbanos el ruido antropogénico puede sesgar los resultados de forma grave. Un índice alto no siempre significa más vida; a veces significa más ruido. Esta fragilidad no es un defecto que descalifique la disciplina: es, precisamente, el punto donde la ciencia necesita otras formas de conocimiento para interpretar lo que mide. Y ahí es donde entra el arte, y donde entra la crítica.
Sound Ecologies: cuando escuchar se vuelve método compartido
El marco concreto que nos permite pensar todo esto no es una abstracción. En 2026, TBA21–Academy —a través de su plataforma itinerante OCEAN / UNI— pone en marcha Sound Ecologies, una serie de activaciones en línea dentro del semestre de primavera titulado Plural Seas, Porous Futures (28 de enero – 20 de mayo de 2026). Desarrollada junto al proyecto Ars Biologica, la red doctoral europea MEDiverSEAty —financiada por el programa Horizon 2020 / Marie Skłodowska‑Curie— y bajo la dirección artística de la artista e investigadora Robertina Šebjanič, la iniciativa reúne deliberadamente a tres perfiles que rara vez comparten mesa: ecoacústicos (ecólogos y científicos ambientales especializados en índices acústicos y monitorización de la biodiversidad), investigadores críticos (antropólogos, humanistas ambientales, periodistas de investigación y diseñadores críticos que trabajan la teoría decolonial, la contra-forense y la práctica situada) y artistas e investigadores del sonido (compositores, ecologistas acústicos, practicantes del field recording y la sonificación).
Lo interesante del planteamiento es cómo formula su propia hipótesis de trabajo. La biodiversidad, dicen, ha dejado de entenderse como un inventario y se piensa cada vez más como un fenómeno relacional y procesual, un «archivo vivo» de historias y relaciones moldeado por estructuras de gobernanza, sistemas de conocimiento y modos de sentir. Y de esa premisa extraen una consecuencia radical: hay que ir más allá de la mera medición hacia una narración situada de los entornos, en la que la escucha decolonial y la creación de mito operan como herramientas de investigación legítimas. La escucha, escriben, es a la vez un método y una postura ética; abre un espacio de atención, de interacción sutil y de exploración de futuros más-que-humanos configurados por la coexistencia multiespecie.
Dicho de otro modo: Sound Ecologies no propone sustituir el dato por el poema, sino ponerlos a trabajar juntos. El índice mide; la narración interpreta, contextualiza y —cuando hace falta— desobedece. Desplaza el objetivo desde gestionar la biodiversidad hacia profundizar la relación sensorial con ella.
Escucha decolonial: quién tiene derecho a oír
Si la ecoacústica nos da el aparato, la escucha decolonial nos da la pregunta política. Y esa pregunta es sencilla de enunciar: ¿quién escucha, y con qué derecho?
No siempre escuchamos igual. La forma en que prestamos atención al mundo está moldeada por nuestra cultura, nuestra educación y nuestra historia. Hay maneras de escuchar que damos por naturales y que, en realidad, hemos aprendido. El teórico xwélmexw (Stó:lō) Dylan Robinson lo estudia en su libro Hungry Listening (University of Minnesota Press, 2020), y describe una de esas maneras heredadas: una escucha colonial, la del colono que llega a un territorio y solo oye en él aquello que puede clasificar, poseer o aprovechar.
Robinson la llama, con ironía, un «oído de hojalata»: un oído que no capta lo que no encaja en sus propias categorías. Para muchos pueblos indígenas, por ejemplo, un canto no es solo música: es a la vez historia, ley y medicina. El «oído de hojalata» no oye nada de eso; oye únicamente un sonido más, listo para ser grabado o medido. Frente a esa escucha extractiva, Robinson propone otra —que nombra con la palabra halq’eméylem xwlala:m—: una escucha atenta, corporal y consciente del lugar desde el que se escucha.
Trasladada a la ecoacústica, la advertencia es precisa y poco cómoda. Colocar un micrófono en un arrecife, en una selva o en un humedal, extraer sus datos, computar un índice y publicar un artículo puede reproducir, sin proponérselo, una lógica extractiva: convertir el sonido de un territorio —y de los pueblos que lo habitan y lo han escuchado durante siglos— en un recurso que se procesa lejos, según categorías ajenas. La escucha decolonial no pide abandonar la medición; pide preguntarse desde qué posición se mide, qué conocimientos se consideran válidos y quién queda silenciado en el proceso. Es, ante todo, una toma de conciencia sobre la propia posicionalidad como oyentes.
Nuevos materialismos: el oído como órgano relacional
Todo esto descansa sobre un giro filosófico que llevamos tiempo rondando: los nuevos materialismos y la perspectiva más-que-humana. Frente a la idea de un mundo de objetos inertes a disposición de un sujeto humano que observa desde fuera, estas corrientes proponen una materia activa, vibrante, agente. Y pocos sentidos ilustran mejor esa intuición que el oído. El sonido es, literalmente, materia en movimiento: presión que viaja, cuerpos que vibran, medios que transmiten. Escuchar no es recibir información a distancia; es dejarse atravesar físicamente por el entorno, entrar en resonancia con él.
Aplicar los nuevos materialismos al oído significa aceptar que en un paisaje sonoro no hay un emisor y un receptor, sino una red de cuerpos vibrantes —cetáceos, insectos, corrientes, motores, nosotros— que se afectan mutuamente. El micrófono no captura un objeto: participa de una relación. Esta es, quizá, la mayor herencia que el paseo sonoro puede aportar a la ciencia de datos ambientales: recordar que detrás de cada índice hay una relación encarnada, y que reducirla a un número es útil siempre que no olvidemos lo que el número deja fuera.
Hacia dónde caminamos
Lo que se abre ante nosotros es un programa de trabajo, no una conclusión. Nos proponemos ensanchar el paseo sonoro en tres direcciones simultáneas.
Hacia el dato: aprender los rudimentos de la ecoacústica, familiarizarnos con los índices y con sus límites, y ensayar el monitoreo acústico como práctica artística además de científica.
Hacia lo más-que-humano: diseñar recorridos y piezas que no coloquen al oyente humano en el centro, sino que lo integren en una trama de escuchas compartidas.
Y hacia lo decolonial: interrogar continuamente nuestra propia posición, resistir la tentación extractiva y crear espacios donde otros saberes sobre el escuchar tengan voz.
Escuchar lo que desaparece es, al final, un acto doble. Es constatar una pérdida —los silencios que crecen en el mundo— y es, a la vez, una forma de resistencia: afinar el oído, colectivamente, para que aquello que se apaga no lo haga sin testigos. El índice cuenta lo que se va. La escucha decide qué hacemos con esa cuenta.
Fuentes
Iniciativa TBA21 / OCEAN / UNI 2026
- TBA21–Academy, Sound Ecologies — Open Call OCEAN / UNI 2026 Activations (dirección artística: Robertina Šebjanič; con Ars Biologica y la red MEDiverSEAty): tba21.org/sound-ecologies
- OCEAN / UNI, semestre de primavera 2026 · Plural Seas, Porous Futures (28 ene – 20 may 2026): tba21.org/ocean-uni-spring-2026
Escucha decolonial y estudios del sonido
- Dylan Robinson, Hungry Listening: Resonant Theory for Indigenous Sound Studies, University of Minnesota Press, 2020: upress.umn.edu
Ecoacústica e índices de biodiversidad
- T. Bradfer‑Lawrence et al., «Using acoustic indices in ecology: guidance on study design, analyses and interpretation», Methods in Ecology and Evolution (2023): besjournals.onlinelibrary.wiley.com
- «Acoustic indices as proxies for biodiversity: a meta‑analysis», Biological Reviews / PMC (2022): pmc.ncbi.nlm.nih.gov
Enlaces verificados el 7 de julio de 2026 contra las páginas oficiales de TBA21–Academy y las publicaciones citadas.
