Pensar con flujos: De la caja negra a la infraestructura crítica en el arte con IA

Pensar con flujos: De la caja negra a la infraestructura crítica en el arte con IA

De la herramienta puntual a la infraestructura artística

Desde los comienzos de la IA generativa y de los LLMs, la narrativa hegemónica sobre la Inteligencia Artificial en el arte ha estado dominada por la tiranía del prompt. El relato era seductor por su inmediatez: una caja negra, una instrucción textual y un resultado «mágico». Sin embargo, para la práctica artística contemporánea —que se nutre de la investigación, el error y la iteración—, esa linealidad resulta insuficiente y, a menudo, frustrante.

Los flujos creativos (workflows) surgen precisamente cuando la «magia» del botón único se agota. Este texto no busca ser un tutorial técnico, sino una introducción ontológica a una nueva forma de trabajar: dejar de ver la IA como un truco finalista y empezar a tratarla como una infraestructura de pensamiento, un material maleable y abierto a la disección.

Anatomía del flujo: Del comando a la partitura

Si el prompt es una orden, el flujo es una conversación sistémica. En lugar de solicitar una imagen final, el artista diseña una topología de nodos interconectados donde la información (texto, imagen, ruido, latentes) se transforma progresivamente. Visualmente, y conceptualmente, esto nos aleja del chat con un bot y nos acerca a lenguajes familiares en el arte multimedia: el diagrama de flujos, el patch de audio modular de Max MSP, los flujos de Isadora Troikatronix, o la partitura contemporánea.

La importancia de este cambio de paradigma radica en la no linealidad. La práctica artística rara vez es una línea recta; es un proceso de bifurcaciones, retornos, y accidentes. Los sistemas de nodos permiten replicar esa complejidad cognitiva: puedes introducir ruido en una etapa intermedia, segregar el color de la forma, o hibridar conceptos semánticos en momentos precisos. Aquí no se pide un resultado; se construye una arquitectura donde los resultados pueden emerger. El proceso deja de ser invisible para convertirse en la obra misma, susceptible de ser guardado, auditado y compartido.

La ecología de modelos: Orquestar inteligencias

Uno de los malentendidos más comunes es la idea de que se interactúa con «una IA». En la arquitectura de flujos, el artista no dialoga con un ente monolítico, sino que orquesta un ecosistema de modelos especializados.

En un mismo lienzo digital, un nodo puede invocar a un Modelo de Lenguaje (LLM) para expandir un concepto, cuyo resultado alimenta a un modelo de difusión que genera una textura, que a su vez es analizada por un sistema de visión artificial. Esta capacidad de encadenar lógicas distintas transforma al artista en un curador de comportamientos algorítmicos.

Aquí entra en juego la política de la infraestructura. El artista contemporáneo debe navegar entre dos aguas:

  1. Modelos Open Source (Local): Ejecutados en el propio equipo (GPU), ofrecen soberanía total. Permiten inspeccionar los «pesos» y las decisiones internas sin depender de censuras o costes por clic. Son ideales para la investigación profunda y la preservación de la obra.
  2. Modelos por API (Nube): Servicios externos cerrados pero de alta potencia. Aunque introducen una dependencia corporativa, son herramientas válidas como «fuentes de comportamiento» dentro de un flujo mayor.

Lo radical de trabajar con flujos es que estas dos realidades pueden coexistir en el mismo diagrama: la autonomía del código abierto y la potencia de la nube, conectadas por un cable virtual.

Herramientas como metodologías de pensamiento

El software que elegimos moldea lo que somos capaces de pensar. En el ecosistema actual, cada herramienta propone una postura diferente ante la creación:

Vista de la interfaz de ComfyUI con un flujo abierto
Vista de un flujo creativo en ComfyUI

ComfyUI representa la aproximación forense y estructural. Al ser de código abierto y basado en nodos explícitos, elimina la opacidad. Cada paso —desde la carga del modelo hasta la decodificación de píxeles— es visible y manipulable. Es la herramienta predilecta para quienes necesitan entender la «materialidad» del algoritmo y buscan un control granular sobre la estética. Proporciona soberanía creativa pero también necesita de un conocimiento medio para comenzar a trabajar.

Vista de la interfaz de Flora con un flujo abierto

Flora, en cambio, apuesta por la abstracción narrativa. Sus nodos no hablan de tensores, sino de conceptos creativos (generar, reinterpretar, variar). Es ideal para el prototipado rápido, la docencia o el trabajo colectivo, donde la prioridad es visualizar la estructura del pensamiento por encima de la ingeniería subyacente.

Vista de la interfaz de Flora con un flujo abierto
RunComfy en la nube

Cuando la complejidad técnica escala, soluciones como RunComfy permiten trasladar la arquitectura de nodos a la nube, planteando una pregunta interesante sobre la deslocalización del estudio artístico. Se trata de la herramienta de ComfyUI, pero en una nube que no te encargas de mantener, con lo cual los problemas de instalación y gestión de modelos IA se simplifican.

Vista de la interfaz de Weavy con un flujo creativo abierto

Finalmente, plataformas como Weavy llevan la lógica del flujo a la dimensión social y temporal. Aquí, los flujos no son estáticos; se versionan, se bifurcan y se heredan entre usuarios. Para la investigación académica o curatorial, esto es vital: permite trazar la genealogía de una idea y convertir la creación en un archivo vivo y colaborativo.

Más allá de la técnica, estas plataformas perfilan distintas economías de la creación y grados de autonomía. ComfyUI encarna la soberanía radical: al ejecutarse en local, el único límite es el hardware del artista, eliminando costes por generación y cualquier filtro de censura corporativa sobre los contenidos. En el otro extremo, RunComfy mercantiliza esa potencia: ofrece la libertad estructural de los nodos, pero bajo un modelo de alquiler que implica dependencia financiera y confianza en la privacidad del servidor ajeno. Por su parte, herramientas como Flora o Weavy, al priorizar la accesibilidad narrativa y la colaboración, actúan como intermediarios que, si bien democratizan el uso y facilitan la memoria colectiva, suelen introducir barreras de pago (modelos SaaS) o moderaciones de contenido inherentes a los entornos compartidos. La decisión final es, por tanto, política: elegir entre la independencia absoluta —con su alto coste de entrada en equipamiento— o la comodidad del servicio gestionado, donde la censura potencial y la renta mensual son los precios a pagar por la ubicuidad.

Diseñar el sistema, no el objeto

Adoptar los sistemas de flujos implica un desplazamiento fundamental en la posición del artista. La pregunta deja de ser «¿qué imagen puede generar esta máquina?» para convertirse en «¿qué tipo de pensamiento puedo estructurar con ella?».

Al pasar del prompt al flujo, pasamos del efecto al sistema, del producto final al proceso documentado. La IA deja de ser una herramienta neutra para revelarse como un campo de decisiones estéticas y políticas que el artista ahora puede, y debe, intervenir.

Este cambio no es una mejora técnica, es una expansión del lenguaje artístico.

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